Neuropolítica, Artículos de opinión
Qué es el mal y quién lo define en la política municipal _ Miguel Carrión_
Si partimos de que el fin justifica los medios, ya limitamos el concepto de mal a los intereses de los que concretan “el fin”. Grupos sociales acuerdan lo que más les combine y el resto de grupos lo pueden consideran malo. Esto puede ser es surgimientos de problema en la sociedad municipal cuando es gobernada por mayoría otorgando el poder a sus representantes para crear su “bien”. Estos actúan partiendo de sus pensamientos y limitados con ello por su propio saber. Condición que pone sus límites a que todo lo que se aparte de él, ya no se tienen en cuenta y se califica como “el mal”, aún qué las consideraciones sean fruto del derecho en la libertad de opinar o pensar de diferente forma. En la política municipal hay que respetar la opinión de todos, difícil tarea, pero es un derecho del hombre en la democracia social.
Ocurre más de lo conveniente, que la libertad de unos es lapidada durante toda una legislatura por falta de tablas y –habilidades de quienes ostentan el poder, la mayoría de las veces por ignorar ellos mismos sus limitaciones en ejercer la gobernanza, oficio que hay que aprender antes de ejercitarlo haciendo. Todo un caos es gobernar atendiendo las ideas de todos, si no se está educado para ello. La solución para que este efecto no destruya la sociedad municipal está en realizar una transparente comunicación y pedir la participación abierta en la toma de las decisiones importantes que afecten a mayoría y también a minorías; (ahora va a ocurrir son las supresión de servicios que económicamente son insostenibles) y en concreciones de actuaciones en las que debe de primar las ventajas para todos más que los deseos personales.
He asistido a reuniones con equipos municipales en la presentación pública de proyectos supuestamente bendecidos y cerrados en un ambiente de evidente prepotencia “es la mejor y la única” en referencia a idea propuesta. Y, la respuesta en atender a sugerencias era derrapar sin sentido común al mejor estilo dictatorial. Poblaciones pequeñas, esas de menos de diez mil habitantes, son las mas azotadas por la imposición de lo que un grupo considera que el “el bien” y todo lo diferente es el mal.
La neuropolítica como medio para detectar el pensamiento de los demás y la comunicación como instrumento para poder introducir las emociones en la mente de los ciudadanos, es la necesitad vital para poder escalar con la verdad de unos a las mayoría. Es posible y es el principal trabajo de un equipo de gobierno, el trabajar para cambiar la visión sobre soluciones en la oposición y poder alinear la capacidad resolutiva de todos los grupos, sobre todo ahora ante el largo periodo de crisis que ha de soportar la economía local. Cambiando ideas por otras, se establecen lazos emocionales y se da la oportunidad a poder establecer un clima de opiniones que permitan superar las dificultades de gobernar. ¡Ojalá! Solo se pudiese calificar como “mal” lo que la fatalidad acontezca, los sucesos inesperados produzcan y no que el origen sea los propios ciudadanos municipio.
Los males del hombre siempre tienen un origen psíquico de pensamiento individual, que lo expande a temas materiales y que intenta resolver luego mediante los mismos. Esta es la parte material de la convivencia humana. No siempre ha sido así ni lo es aún, en otras culturas. Usar el cerebro para sintonizar con los demás, de mente a mente. Saber emplear el tiempo en transformar a los opositores es más efectivo, que luego tener que derrocharlo en defenderse de los mismos. El tiempo es la herramienta política de los ediles. Saber ganarse a sus ciudadanos más que imponer soluciones construidas con lo que consideren su “bien”. Saber hacer participar en la toma de decisiones a todos los expertos de entre sus ciudadanos sobre el asunto a resolver (no más sabelotodos) por los menos en las fases primeras de hipótesis de salida y en la de formular el modelo de solución. La partes de conclusiones y contrastación con la realidad a resolver, partes más más técnicas y puede resolverse entre el equipo de gobierno y sus técnicos.
El gran problema de la gobernanza en España es hay que tomar decisiones pero no sabemos cuales ni en que dirección. Retomando esta frase de Luís Racionero[1]: “… nos estamos montando en el último tren de no saber qué. Intuimos lo que no es correcto, pero ignoramos qué necesitamos hacer”. Y es la verdad que asola los municipios en estos momentos de crisis económica. Solo la humildad para reconocer que hay que adquirir una nueva educación permitirá aprender lo que aún no sabemos. Esta es la responsabilidad sagrada de los equipos de gobiernos municipales para con sus ciudadanos. Que la inteligencia ilumine a los nuevos equipos en las próximas elecciones para adquirir sabiduría, más que luchas entre ellos. Abrirse al bien y no al mal, ahora es el objetivo de todos.
[1] Obra: El cráneo de Akenatón; Ed. B; Buenos Aires
